Feliz Navidad

"Pesebre" de Daniel Salzano, en la voz de las voces del cuarteto cordobés

En la previa de la noche buena y la Navidad en familia, las voces del cuarteto cordobés se unieron en homenaje a Daniel Salzano y relataron juntas el cuento "Pesebre". 

24/12/2022 | 12:57

La cuna era un cajón de manzanas que nos daba el verdulero; el niño Dios una muñeca que se convertía en hombrecito no bien le cortábamos el pelo y la almohada era un ladrillo forrado con papel barrilete.

Con un par de tachuelas y a golpes de martillo fijábamos las montañas de arpillera y con un truco que habíamos visto practicar en la cocina coronábamos la cima con puñados de azúcar impalpable. Al buey, tres veces más chico que el Niño pero dos veces más grande que San José, lo asomábamos por el borde de la cuna para que soltara a través de la nariz una mezcla de calor y de ternura. El buey a la izquierda, el burro a la derecha, el cajón de manzanas al medio y, repartidos a lo bestia por las laderas de la montaña, los alfiles del ajedrez, una ambulancia de tres ruedas y un espejo rodeado de piedritas para que tomaran agua los chanchos, las ovejas, los elefantes y los camellos.

El rey Melchor era de plástico, lo mismo que el policía que dirigía el tránsito en la puerta del pesebre. Si le bajabas los brazos, pasaban los pastores; si se los subías, pasaba el trencito a cuerda con la estrella de Belén sacudida por el viento.

La Virgen María era un dibujo de Leonardo recortado del Billiken y Papá Noel un oso de trapo guiado por una vaca uncida con hilo de coser al camión de los bomberos. ¡Los famosos bomberos de Belén!

Después, cuando ya no nos quedaba nada por agregar, nos tumbábamos durante horas al lado del pesebre para controlar los últimos detalles.

Queríamos cobrar entrada, queríamos sacarnos una foto, agregarle un par de leones (¡los famosos leones de Belén!) y entonces se hacía de noche, teníamos que irnos, apagábamos la luz, no nos podíamos dormir, nos dormíamos, era lo que esperaba el tren para avanzar por su cuenta entre las montañas de arpillera, los camellos levantaban la cabeza, el policía los brazos, Dios pesaba dos kilos novecientos y, reflejada en los ojos húmedos del buey, la estrella de Belén que por su cuenta se prendía y se apagaba y se prendía y se apagaba. Amén.

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