Torneo Clausura
12/09/2026 | 23:12 | El 2-1 ante Unión mostró otra versión del equipo: tuvo juego, circulación, amplitud y, sobre todo, jugadores que se hicieron cargo. De Felippe empezó a ordenar las piezas y el equipo dio un primer paso.
Gustavo Gutiérrez
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Cuando las ideas están buenas, uno tiene la posibilidad de pedirlas prestadas, más aún cuando vienen de un amigo. Y la metáfora que Gustavo “Sapito” Coleoni le tiró al Bocha Houriet durante el inicio de la transmisión me sirve perfectamente para explicar por qué Talleres ganó.
Talleres ganó porque tuvo dueños.
Unsaín fue dueño. Catalán fue dueño. Schott fue dueño. Báez fue dueño. Fattori fue dueño. Sforza fue dueño. Y terminó siendo dueño hasta Agustín Álvarez Martínez, el nueve.
Tuvo mayoría de dueños.
Los otros pueden ser inquilinos, pero los dueños casi siempre arreglan el departamento. Cuando pasa algo complicado, el dueño se hace cargo. Y hoy los dueños se hicieron cargo del partido.
Por eso Talleres ganó.
Pero además jugó bien. Jugó como un equipo. Y, para mí, jugó el mejor partido del campeonato.
Hizo la cancha ancha, como había planteado De Felippe. Y cuando tuvo que cambiar, los cambios se produjeron en esos espacios y fueron cambios para bien.
Fattori fue casi el único cinco, aunque recibió la ayuda de Sforza. Los dos jugaron un gran partido y, a partir de ahí, apareció la distribución de la pelota.
Cristaldo entró y salió, porque todavía no termina de conjugar el mismo verbo que el resto del equipo. Pero fundamentalmente Fattori y Sforza abrieron la cancha para que se formara el tándem por un lado entre Schott y Rick, que fueron imposibles para Ayala y Cuello, que terminaron siendo actores de reparto.
Del otro lado pasó algo parecido con la sociedad entre Báez y Depietri.
Es cierto que por momentos fueron egoístas. Es cierto que no se la dieron al nueve. Pero también es cierto que Agustín Álvarez Martínez parecía no estar todavía dentro de ese funcionamiento ofensivo.
Le rebotaba la pelota. Cuando quería dársela a uno de Talleres, le erraba. Cuando quería darse vuelta, lo tomaban y se la sacaban.
Estaba falto de confianza. Y uno se imaginaba que se preguntaba: ¿qué hago?
Inclusive tuvo una pelota dentro del área y tardó tanto para pegarle que, cuando finalmente quiso hacerlo, se le fue al diablo.
Era lógico. El equipo jugaba más o menos bien, abría la cancha, encontraba espacios, pero él no estaba dentro de ese circuito ofensivo. Y él era el nueve.
Hasta que Fattori le dio una pelota.
Y debe haber pensado: ¿y si le pego?
Le pegó.
Hizo un golazo.
Un golazo tan grande como este estadio.
Y ese Canario que parecía que ni siquiera aleteaba se llenó de confianza, de autoestima. A partir de ahí empezó a ser fundamental para incorporarse al movimiento ofensivo de un Talleres que siguió teniendo juego.
Ya Mancilla era figura. Talleres ganaba apenas 1-0, pero jugaba casi para golear.
Y tuvo que aparecer Unsaín otra vez.
Porque Unión jugó a cara descubierta y tuvo una arremetida que obligó a Ezequiel Unsaín a ser otro de los puntos altos del partido. A ser otro de los dueños, como diría el Sapito.
Con esas dos atajadas le dio a Talleres la seguridad que necesitaba para atravesar ese mal momento.
Hasta que apareció nuevamente Agustín Álvarez Martínez.
Ya había robado una pelota cuando Unión quiso salir del fondo y lo tuvieron que bajar. El jugador de Unión estuvo a punto de ser expulsado.
Y en la otra que robó, vio llegar a Depietri.
Depietri, que le debe haber dado una pelota en toda la noche.
Porque para encontrar a un delantero que, en ese lugar de la cancha, le dé la pelota a otro hay que buscar bastante. Que un nueve sea generoso no parece algo que figure demasiado en el diccionario del fútbol.
Pero este eligió ese camino. Fue generoso. No fue egoísta. Le dijo a Depietri: “Tomá, hacelo”. Y Depietri cumplió.
El generoso Agustín Álvarez Martínez, que ya era la figura del partido, tuvo en ese último acto la imagen perfecta de lo que había sido su noche.
Como bien dijo el Bocha en su relato, Talleres empezó a curar las heridas en el día de los primeros auxilios. A lo mejor empezó a tapar alguna grieta, alguna pérdida de agua, algún flexible de la bacha que también un dueño tiene que arreglar.
Hoy ganó Talleres.
Tuvo fútbol. Tuvo juego. Tuvo circulación. Tuvo concepto de equipo.
Algo que no había tenido nunca en la era Sampaoli.
Sampaoli ponía el televisor arriba del techo, la cama en el patio, la cocina en el living. Todo distinto.
La mayor virtud de De Felippe, hasta ahora, ha sido poner cada cosa donde corresponde, en los espacios de la casa.
Como decía el Flaco Menotti, y me lo recordaba el Bocha: cada cosa tiene que ir donde va.
Uno no puede inventar y poner una cosa donde no corresponde, porque generalmente esa cosa no sirve para nada si no está donde debe estar.
Y hoy me parece que De Felippe mostró su mano en este equipo. Es un equipo naciente. Un equipo que recién da sus primeros gritos. Es como cuando un bebé empieza a caminar.
Bueno, Talleres empieza a caminar de a poco. Hizo un pasito seguro.
Seguramente los próximos partidos le permitirán dar los siguientes pasos. Pero hoy dio el primero en esa calle que tiene que ver, a lo mejor, con la confianza y con todo lo que vendrá.
Y voy a abusar de la gentileza del Sapito Coleoni para volver a utilizar, sobre el final de este análisis, esa metáfora magistral que le comentó al Bocha y que a mí me sirve para cerrar este comentario.
Hoy ganó Talleres.
Tuvo fútbol.
Pero, básicamente, tuvo dueños.
Unsaín, Schott, Catalán, Fattori, Sforza, Báez y Álvarez Martínez.
Tuvo mayoría de dueños que se hicieron cargo de la parte que les correspondía.
Por eso ganó.